Por José Antonio Luna
Criticó al clientelismo literario
“adscrito al poder”
Álvaro Urtecho (Rivas, Nicaragua, 1951-Managua, Nicaragua, 2007), era amigo del filósofo y poeta Fernando Benavente, y allí en la casa del “filosofo marxista”, me lo encontré y tuvo el gusto de compartir algunas coincidencias y diferencias sobre la literatura nicaragüense, especialmente la poesía. Álvaro recién salido de Rivas, caballeroso, frondoso de cuerpo, alma y cabeza, habló rápidamente de Nietzsche y Carlos Martínez, en esos días post-terremoto de 1972, cuando los aires de Nicaragua eran insurreccionales y por todos lados se hablaba de cambios, especialmente entre los partidos políticos de izquierda y las universidades. Álvaro también fue un enamorado del cambio. Álvaro ya había andado errante por Europa y otros países de Latinoamérica e iba para Costa Rica con Carlos Martínez Rivas. Y llegó 1979 y hubo dispersión de escritores y poetas. Tiempo después Álvaro regresó a Nicaragua y se entregó de lleno a la docencia.
Urtecho es de los poetas vitales, transformador, inquisidor (como Horacio Peña y Carlos Martínez Rivas), que con su poesía retaban al canon literario nicaragüense siempre post-vanguardista, tradicional y nacionalista. Murió a los 56 años cuando su producción literaria estaba en pleno furor. Con su muerte se sumó al grupo de los jóvenes universitarios apenas en los 20 años, Fernando Gordillo, Leonel Rugama y después de su muerte Francisco Ruiz Udiel.
En una de mis visitas a Nicaragua, después de 1990, me encuentro que el poeta rivense se había convertido en un referente del movimiento poético rupturista. A golpe de talento, Álvaro abrió su brecha en los círculos universitarios, para ser uno de los poetas del parnaso nicaragüense, que por esos misterios de la vida y de la muerte …dejó una vital poesía existencialista en varios libros entre los que destaca su famosa “Cantata Estupefacta” escrita en Costa Rica en 1979, antes de su regreso a Nicaragua.
Álvaro Urtecho Lacayo, Falleció el 20 de diciembre de 2007 en la ciudad de Managua, después de batallar con una dolorosa enfermedad. Fue enterrado en su tierra natal Rivas, y fue velado en el museo de la ciudad.
El poeta Francisco Ruiz Udiel-también ya muerto- dejó un doloroso testimonio de los momentos delirantes de Álvaro Urtecho en su lecho de muerte, en su angustiosa agonía, como Rubén Darío que deliraba y soñaba con sus musas y cisnes de los lagos en sus horas finales en su casa de León de Nicaragua en 1916.
Dice Ruiz Udiel:
“Lo visité un día en un tiempo próximo a su muerte, en algunos momentos me reconocía y en otros me confundía con algún amigo de su hermano. Al verlo me entraron unas ganas insostenibles de llorar. Alzaba los ojos frente al vacío, aunque no sé qué llegaríamos a ver ya cerca de la muerte. Alzaba las manos como queriendo tocar algo, como si hubiera visto algo que yo jamás llegaría a ver. No hablaba mucho, más bien balbuceaba y en un momento ocurrió algo inesperado: vi o quise imaginar cómo ese balbuceo de voces y palabras iban saliendo de sus labios. Era como si Álvaro antes de morir estuviera depositando al mundo las palabras, las palabras que le fueron dadas al nacer. Y que, al devolverlas al mundo, éstas se transformaran en puentes, cifras, signos, enigmas, en grandes túneles hacia la libertad. Eso debe ser la vida. Al nacer venimos del balbuceo inaudito de otros seres. Al morir regresamos las palabras al mundo y renacemos en otras formas. Creo que la vida tiene sentido desde esta perspectiva. Álvaro dejó huella en la existencia humana. Sus palabras, transformadas en signos, esperan que alguien las tome y que más adelante éstas sean transformadas en seres que den vida a otros. Las palabras de Álvaro están allí, sólo hay que buscarlas”.
Álvaro Urtecho, polémico, inconforme, agnóstico, al momento de su muerte era el poeta más influyente entre los jóvenes poetas y escritores. Una famosa entrevista con Ariel Montoya a raíz de la publicación de su poemario “Tumba y residencia”, en el año 2000, dejó claro que era el verdadero Infant terrible nicaragüense. Que no comía cuentos y que tampoco era santo de la devoción de otros poetas y escritores. En esa declaración valiente y tajante dijo Álvaro respondiendo a cuál era su postura durante la década perdida-década de los 80- cuando muchos escritores y artistas se pusieron el verde olivo y dedicaron sendos versos y reportajes a los jefes sandinistas.
“Quiero decirte que, pese a que colaboré en medios de comunicación sandinistas orientados a la actividad cultural, nunca me sentí totalmente identificado con el sandinismo como tal, entre otras cosas por la insinceridad generalizada que veía a mi lado.
Por todas partes surgían gente que se ponían la etiqueta de “revolucionario” adoptando actitudes oportunistas, malévolas, la intriga y la mentira florecieron como nunca en este país… No voy a negar lo bueno que hicieron los sandinistas como la apertura de relaciones internacionales, el impulso de la interacción social entre todas las clases, una conciencia generalizada de lo que era una nación, antes inexistente.
INTELECTUALES CLIENTELISTAS
Sin embargo, puedo asegurar que en la llamada “década perdida” de los 80 no se practicó, en el campo de la cultura, que es el que nos interesa, aquí, un estalinismo, es decir, una persecución ideológica represiva y policial como en la URSS o en Cuba; se practicó algo así como un clientelismo… Los intelectuales (escritores, poetas, artistas, filósofos, pedagogos, diplomáticos, etc.) que figuraban en todo sentido eran los que he llamado como “adscritos al Poder”, es decir, intelectuales situados muy cómodamente en los aparatos del Estado, que casi no se dedicaban a su obra por querer ser vistos como estadistas o hombres de la Revolución… La gran mayoría de los intelectuales del país prefirieron la austeridad y las dificultades económicas del solar natal a las vicisitudes de un incierto exilio, haciendo sus críticas en privado y en público, pero sin llegar a la negación total del sistema.
CONTRA EL MESIANISMO LITERARIO
Unos que ahora se auto llaman demócratas y reniegan en público de su sandinismo, exaltaron hasta más no poder la desgastada mitología e iconografía sandinista, no sólo adulando a los comandantes y a las “gestiones revolucionarias”, sino desprestigiando y calumniando a sus colegas, calificándolos de “reaccionarios” o de “estar en contra de la historia”. (eufemismo que ha servido para calificar a todo el que esté en contra de una visión mesiánica y triunfalista de la Historia) …
Esta élite de intelectuales acríticamente adscritos al poder, cuyos nombres no voy a mencionar aquí, eran los que representaban la cultura nicaragüense en el exterior, individuos que de manera egoísta y cínica utilizaron a la revolución como una plataforma de lanzamiento personal, eran lo que figuraban en antologías que ellos mismos preparaban para publicar en el extranjero, incapaces de mencionar los nombres de otros compañeros valiosos, pero como no estaban cerca de la nomenclatura, no había que mencionar”.
Alvaro Urtecho logró publicar su antología poética “bajo el lapidario y meditativo título de”: Tumba y residencia.
El poeta Iván Uriarte en un corto pero toral comentario en la revista LENGUA de la otrora Academia Nicaragüense de la Lengua en la edición de Enero de 2002 expresando su satisfacción porque Urtecho publicó finalmente su poesía reunida.
Decía Uriarte “He aquí por fin los poemas reunidos” de Álvaro Urtecho, que convoca tanto a Nietzsche, Heideggar, Cloran, Rilke, Aleixandre y Jorge Guillen, referencia que dejaba claro las influencias profundas de estos autores en la poética de Urtecho; lo que significa según el comentario de Uriarte, haberse apartado en su evolución poética y filosófica, alguna o poca influencia de los Vanguardistas y Post Vanguardistas nicaragüenses en la poesía de Urtecho. En otro párrafo que me parece el más enfático de la calidad e intensidad de los versos de este poeta existencialista y místico, escribió Uriarte: “Desde la irrupción de Alvaro Urtecho en la moderna lirica nicaragüense, con su extenso poema “Cantata estupefacta”, su trayectoria poética ha ido en un increscento constante, donde el espacio filosófico y las amplias gamas de la modernidad han conjugado todas las posibilidades musicales de una lírica que va desde la nostalgia frente a la tumba de Chopin hasta la intensidad de un texto inspirado en el rock de King Crimson, o los resonantes pasos con los revoloteos y chillidos de pájaros de Pink Floyd”. Álvaro, según Uriarte, vivía con su poesía obsesionado por el tiempo, pero no como evasión, sino como constante conciencia de lo pleno de la vida plegada de su irremisible finitud. Urtecho moriría años después luchando contra el tiempo. Robándole horas y días ante la imposibilidad de evitar su prematura muerte.
Incansable, Álvaro Urtecho, meses antes de enfermarse gravemente, en mayo de 2007, vio impresa su última obra: Tierra sin tiempo. El libro fue publicado bajo los auspicios de la Academia Nicaragüense de la Lengua, y la presentación fue el 17 de julio de 2007 en la Galería Epikentro de Managua. Con motivo de la publicación de Tierra sin tiempo dio una extensa entrevista a Martha Leonor González, donde habló francamente de diferentes aspectos de su vida, vivencias hasta esos días inéditas.
Se confesó Agnóstico, existencialista y lector de Kafka para combatir el miedo a la autoridad y severidad de su padre, como cuenta el creador de La Metamorfosis -que toca el tema de la severidad paterna- en su obra: El castillo.
TODA FAMILIA TIENE UN INFIERNO DENTRO
Y habló de su etapa infantil en su ciudad natal, Rivas: “Fui muy feliz. Si es que podemos hablar de felicidad en la familia, creo que toda familia tiene un infierno adentro, en ese sentido soy pesimista como todos los existencialistas que son los que me han formado. Pasé muy encerrado como Jorge Luis Borges, para mi el mundo más fascinante era el de la lectura, no era el de los juegos. Para mi no hubo ninguna experiencia vital de juegos de todo lo que viven los chavalos y para mi fueron vitales las lecturas de Julio Verne, Los miserables de Alejandro Dumas”.
Reveló en esta entrevista, que el poema Cantata Estupefacta, un poema de largo aliento-de 34 páginas, era el resultado del impacto que le causó la muerte de su madre primero y su padre al mes.
“Mi madre murió cuando acaba de venir de España en 1976 y un mes después murió mi papá; de esa doble muerte viene Cantata Estupefacta, el poema largo que yo escribo en Costa Rica en el verano de 1979, que es un solo poema de 34 páginas. Este poema largo es producto del dolor y del sentimiento de orfandad producido por la muerte de mis padres y a la vez por la destrucción de Nicaragua, la guerra y ese sufrimiento”.
LA MUERTE, LA CELOSA
En el final de la entrevista con Martha Leonor, el poeta Urcuyo-quizás presagiando su muerte, anunció lo que sería su producción literaria póstuma.
MLG: Están pronto a salir otros de sus libros, un de critica y otro de arte.
Álvaro: “Si, La Figuración Demoniaca y Otros ensayos por la editorial Amerrisque, que incluye mi tesis sobre Carlos Martínez Rivas, ensayos sobre Neruda, Machado, Martí, Pellicer, Camus, José Coronel Urtecho como pensador y un ensayo sobre la pintura de Danilo Torres. Luego está mi libro sobre critica literaria de poetas nicaragüenses que será publicado por el Centro Nicaragüense de Escritores y mi otro libro de crítica de arte”.
Semanas después Álvaro Urtecho agonizaba y moría en los momentos cruciales de su producción literaria.
OBRAS
Álvaro Urtecho, entró por la puerta grande de la poética nicaragüense con obra mejor lograda: La Cantata estupefacta (1979), y después con obras muy interesantes e innovativas como Esplendor de Caín (1994), Cuadernos de la provincia (1995). Fue coautor del libro Rubén Darío y César Vallejos. Clasificó y analizó la poesía de Carlos Martínez Rivas (1924-1998).
Algunos poemas de
Álvaro Urtecho
Panorama desde el fondo
Tarde arrancaron los viajeros,
los visitadores de moteles
que cierran, con manos rápidas
y temblorosa, las pesadas cortinas
entrecerradas para que no los vean,
para sentirse enteramente solos
disponiendo el espacio, la luz,
las cortinillas en su sitio,
la ventanilla para la bandeja
con el licor y los vasos,
la toalla mechuda enrollada,
el champú, la pastilla de jabón.
Visitadores de habitaciones
como criptas, idénticas
en su blancura, en su orden
de morgue aséptica y clandestina.
Viajeros furtivos
que arrancan veloces dejando
una huella de labio en las almohadas,
un silencio elevado hasta el terror,
un gruñido detenido en las sábanas
que sobrepasan y soliviantan la memoria
como fantasmas.
Cerradas cortinas,
substancias derramadas,
escenarios del primer animal que soñó
con la próxima, contigua carne.
Quinta en la noche
¿Dónde está la luz?
¿Dónde está el jolgorio
hace poco entrevisto?
Se fue la luz.
Se fueron los chocorrones
a dormir. Se fueron
los peces y las barcas.
Se fue la luna
con su misterio al hombro.
Silencio. Sólo el fragor
sólo la ceremonia
de huesos calcinados.
El bisbiseo de la garúa
sobre el tejado. El recuerdo
de tiempos idos que vuelven
como aluvión, como corteza
de planeta antiguo
que nos reclama y retiene.
Ladridos
Fue en un raro momento
entre la luz caída,
en la cima más alta
de una conversación tardía.
El cárdeno crepúsculo besaba
los costados de la casa en penumbra.
Los perros irrumpían
con sus hocicos sabios,
con sus patas veloces,
con el asombro en ronda
de sus ladridos secos.
Ladridos secos, húmedos,
alzados, directamente cayendo
al corazón como copas de vino,
como sangre vertiéndose
en el hondo humanísimo pozo
de nuestras vidas.
Acústica
A Pablo Antonio Cuadra,
maestro en los mitos y
secretos del Gran Lago.
Cae la tarde
sobre el Gran Lago de Nicaragua
y el viento trae acentos
de voces y música antiguas.
El viento, el viento fuerte
que se humedece, que nos llega a los huesos
y nos recuerda que polvo somos
y en polvo habremos de convertirnos.
El viento en el oído ardiente:
acento, imagen, ancestro,
latido, leyenda o mito.
Los zopilotes revoloteando
en lo alto de la ceiba centenaria vigilante.
Garzas y gaviotas yendo
de un lugar a otro de la costa.
Carroña y vida, pescadores
en barcas que vuelven. Guapotes
y mojarras de ojos fijos.
El horizonte es humo, nube
o agua bajo la inmensa comba
del cielo…
Aquí vivieron
los nicaraos, aquí invocaron
a sus dioses, danzaron, amaron,
amasaron el barro, dibujaron sus aves
y sus flores antes del advenimiento
—tiempo fatal—
de la Cruz y de la Espada.
Lago,
Gran Lago de Nicaragua, Mar Dulce,
mar entre tierras y volcanes,
lomo de olas incesantes,
alborozo, ráfagas, ritmo fetal,
onda engendradora, hondura,
ombligo, origen, fosa
de una divinidad arcaica y lujuriosa:
Cocibolca, constancia de una época
interrumpida, estela de una historia
siempre adolescente y renaciente
remontándonos…
