Por Horacio Peña

I

Ahora te despiertas
y tu cuerpo te pesa
como si la muerte te estuviera naciendo
subiendo desde los pies a la cabeza
como si todos nosotros quisiéramos protegernos de nuestra muerte
buscando refugio dentro de tu corazón.
Te cubres, te enrollas en las sabanas,
hundes tu cabeza en la almohada
huyendo del resplandor que atraviesa la ventana.
Pero habrá que levantarse
comenzar a vivir para morir de nuevo.
Apartas la sábana de tu cuerpo
intentas levantarte
o alargar el brazo para encender el radio
que está sobre la mesa de noche no muy lejos de tu cama,
pero sigues acostado
sin voluntad para nada
-para hacer o ser o deshacer-
perdido entre las sábanas como un muerto
de muchos días de muchos años
-despierto, aunque sin moverte-.
Unes tus dos manos cruzándote los dedos
y las llevas debajo de tu cabeza
las colocas como si fueran una piedra o una almohada.
Miras el techo blanco de tu cuarto
la lámpara colgada en el centro
de la que sale por las noches en un pueblo de sombras,
y piensas lo que estarías haciendo
en esta mañana, a esta hora,
si estuvieras en tu casa y no en un país extraño
en una tierra hostil hasta donde el aire es tu enemigo,
en tu casa
desde donde podías oír el reloj de la vieja iglesia
dando todas las horas.
Reirías en medio de los tuyos
o tal vez, lo más probablemente,
estarías mirando el techo de tu cuarto,
acostado,
pensando lo que harías en ese día, a esa hora,
en algún otro país,
porque tú eres siempre un extraño en todas partes
aun en medio de aquellos que te aman,
de modo que tú siempre serás el mismo
extraño a los demás y a ti mismo.

II

Haces un gran esfuerzo
el esfuerzo necesario para levantar un cuerpo
todo lleno de olvido y soledad.
Te levantas, te pones de pie
como Lázaro entre los vivos
o como Lázaro entre los muertos
y miras alrededor tuyo como quien mira una herida o una llaga:
la alfombra verde de tu cuarto,
la mesa sobre la cual están alineados los libros
comprados en las pequeñas librerías,
tu pasaporte,
la guía de esta ciudad en la cual vives desde hace algunos meses
y en la que te pierdes siempre en sus calles y avenidas,
la carta escrita la noche anterior
en la cual no has puesto tu nombre:
– “Me siento cansado y triste
y espero estar con ustedes dentro de poco tiempo”-,
el libro de cubierta azul y letras negras
que habías leído hace mucho tiempo
y que has vuelto a comprar y a leer:
– “Llamadme Ismael, hace muchos años,
no importa exactamente cuántos
la taza
-media llena, media vacía-
del café bebido la noche anterior
para estar despierto hasta las tres o cuatro de la mañana,
el aviso del hotel
escrito en inglés, francés y alemán, diciendo:
– “El hotel sirve el desayuno al gusto del cliente”-
y más abajo todavía, escrito esta vez a mano, sólo en francés,
“mais tres bien”.
Las paredes casi desnudas de tu cuarto
cubiertas de papel rosado, con flores como llamas apagadas;
la reproducción sobre la puerta
-dos tarjetas postales-
de hombres de piedra, de mujeres de piedra
que te recuerdan al pueblo temeroso de la muerte,
una máquina de escribir sobre una de las sillas
con una hoja de papel con otra carta a medio comenzar
y tu vestido, tu camisa blanca, tu sweater negro
de cuello marinero, en la otra silla,
y algunos papeles arrugados
tirados en la alfombra.

III

Te levantas,
te miras en el espejo
-una barba de tres días que te alarga el rostro
haciéndote aparecer más delgado-,
Si,
uno cambia tanto en la soledad y el silencio
que es como si miraras a otro.
Ahora usas más a menudo tus lentes
no tan solo para ir al cine
sino para leer las cartas que te llegan a veces:
– “Como nos gustaría verte de nuevo
para tener la dicha de abrazarte”-.
Tienes treinta años
-o faltan pocos meses-
y no has hecho nada
nada quedará de tí
todo lo has edificado sobre arena
todo lo has escrito sobre el viento.
Y te preguntas si todo esto ha valido la pena,
haber sufrido y llorado
y haberte llenado de angustia
por cosas que no tenían ninguna importancia
-esa mujer alta en la noche nunca te ha amado nunca la has amado-.
Todos, allá lejos,
satisfechos de ellos mismos,
abriéndose un camino en la vida,
casados, con hijos, gerentes de empresas,
terminando sus estudios
-con un brillante porvenir-
todos ellos tomando parte en la vida política del país,
construyendo una patria nueva, eso dicen,
preocupados por el bien público
dirigiendo los destinos de la nación
–pequeña es la patria pero grande la sueñan ellos-
agrandando sus riquezas y fortunas personales
en el nombre de la patria.
Pero tú,
un extranjero en todas partes,
sin oficio ni beneficio.
Sin embargo alguien debiera comenzar a llevar tu nombre
a heredar lo poco que tienes.
Pero tú nunca has hecho ni la guerra ni la paz
no has compartido con nadie ni tu alegría ni tu dolor
y sólo has conocido el amor de unas pocas horas
el amor que se dá en los míseros cuartos de hoteles
-la mujer parecía no terminar nunca de desnudarse-
y la “res publica” jamás te ha interesado:
no has hecho discursos a favor de un candidato
no has ido a mítines ni firmado manifiestos
no has obedecido órdenes ni consignas de ningún partido
por eso tu nombre no aparecerá nunca
en eso que llaman Historia Patria.

IV

Te acercas a la ventana apartando cuidadosamente
la cortina blanca que la cubre:
en la acera de enfrente, anuncios luminosos, apagados,
árboles secos sin hojas,
pero todas sus ramas dirigidas hacia arriba, hacia el cielo,
-como los brazos de una multitud sedienta
en un desierto de fuego, haciendo oración-.
El tiempo es bello, hermoso,
pero no es todavía primavera
sino tan sólo mediados de invierno.
Hace frio, pero el día está todo iluminado,
todo tu cuarto está iluminado
como una gran capilla ardiente.
Estos son los días que te gustan
-el frio, un sol que no calienta, y la luz-.
El ruido de la ambulancia mientras leías,
la luz roja, la sirena pidiendo vía libre.
Alguien murió durante la noche o era ya de día,
de eso no te queda ninguna duda,
pero también se nace después de cada muerte
aunque esto no te causa ninguna alegría.
Te apartas de la ventana
te pasas la mano fría sobre la barba
-agua caliente, espuma, la máquina de afeitar,
la hoja nueva, luciente,
que la deslizas, la pones cuidadosamente sobre la máquina,
la cierras,
mas espuma sobre la barba
esperando unos momentos hasta que esté toda mojada.
Te rasuras primero de arriba para abajo
y de abajo para arriba, a los dos lados de la cara
debajo de la barbilla
la parte de la cual nunca quedas satisfecho
entonces aparece tu rostro y lo acercas más que nunca al espejo
pasando la mano derecha en la barbilla
encontrando una parte que no ha sido bien rasurada
y rasurándote de nuevo.
Ahora sí que has quedado bien,
te miras en el espejo y ensayas una sonrisa
no, yo no diría que eres mal parecido
algunos hasta te encuentran, como diría yo,
guapo, galán.

V

Bajas del quinto piso
o del sexto, nunca lo has sabido,
bajas a la sala de recibo para pedir la llave del baño
a la mujer que estará detrás del mostrador
y subes de nuevo vestido con tu bata de baño azul oscuro
que es uno de tus colores preferidos junto con el gris.
El agua te corre por el cuerpo
si el agua pudiera llevarse tu lamento
-el pesar de no ser lo que tú hubieras sido
y devolverte el sueño que es tu vida desde que naciste-
recuperar el tiempo perdido en las calles
en los cines, en los teatros.
Y piensas lo que debiera ser tu vida
lo que debieras ser hoy
– “Pero si es joven”-
te ha dicho la señora de origen ruso hace sólo algunos días
pero tú te sientes un hombre acabado
y te pones a pensar cómo arreglarías tu vida
todo lo que harías si te fuera dado comenzar a vivir de nuevo
volver a empezar.
No construirías ni sobre arena ni sobre viento
serías práctico, realista
-borrón y cuenta nueva-.
Pero tu vida está hecha
y la volverías a hacer tal como es ella ahora
nada de la cual sentirse orgulloso
pero tuya al fin y al cabo
diferente a todas las vidas a todas las muertes.
No,
no eres útil a nadie
nadie te necesita,
y tú mismo te has ido arrinconando
tú mismo te has ido haciendo innecesario.
Mas no vale la pena pensar en ello
dentro de las mismas cosas de siempre
seguirás encontrándote, buscándote, perdiéndote.
Aquella muchacha
conocida bajo el cielo amenazante de la gran ciudad,
si hubiera podido contenerte, detenerte,
contenerte en el largo viaje hacia la noche,
tal vez todo sería diferente.

VI

Subes de nuevo las escaleras
-de dos en dos-
saludas a un desconocido que baja
que probablemente llegó durante la noche
y espera solamente como tú la hora del regreso.
Llegas a tu cuarto
y te vistes lentamente mientras preparas un poco de café.
Buscas una corbata
aun sabiendo de antemano que será la corbata de color plomo
con los pequeños triángulos rojo y negro comprada hace muchos años,
compones la corbata, la arreglas de tal modo
que la parte ancha sea la más larga y te haces el nudo
el nudo Wilson
extraño nombre
como el nombre de un hombre
que la policía encuentra muerto en el hotel
en una calle, en un puente, bajo la torre,
bajo el arco donde descansa el muerto que nadie conoce
Wilson
Wilson
Wilson
– “Se llamaba Wilson y no tenía familiares ni amigos
y no se sabe de dónde venía ni para donde iba
un extranjero como hay muchos en nuestra ciudad”-.
pero tú no te llamas Wilson
aunque en cierto modo te pareces a él
en ciertas cosas todos se parecen a Wilson
pero tú más que ninguno.
Te diriges a la ventana con tu taza de café
moviéndolo con una cucharilla.
Irás a un museo y estarás ahí toda la tarde
-porque con Scarlet no hay que contar nunca más-
ni para ir al cine ni pasearte con ella,
ni acostarte con Scarlet,
Scarlet, muerta ya hace tanto tiempo-.
Sí, eso es lo mejor,
ir a un museo y confundirte con la gente
con los otros que como tú pasan ahí el tiempo
mirando lo azul dentro de lo azul
-que fue en otro tiempo el azul de los azules ojos de Scarlet-
hasta que la voz del guardián anuncie en el vacío
el guardián que viene de sala en sala que se debe partir
y el timbre resonando en todas las galerías
anunciando que es la hora de cerrar.
Pero podrías cambiar tus planes
y después de comer irte por los bulevares
encontrar una muchacha
siempre hay una muchacha sola deseosa de compañía
sobre todo en las grandes ciudades
en un día tan hermoso como éste.

VII

Todo este tiempo perdido, toda tu vida,
-la pérdida del reino que estaba para tí-
lo que todos creían que llegarías a ser:
el primero de la clase
el de todos los premios al final del año
el gran jugador de foot-ball
ídolo de las multitudes
que daba el triunfo a su equipo cada sábado
marcando el gol de la victoria en el gran estadio,
y la multitud invadiendo el prado
lanzando al aire los sobreros y los cojines
paseándote en sus hombros
llevándote en sus hombros como a un héroe griego.
¿Dónde esos gritos?
¿dónde tu nombre en todos los periódicos?
¿tu fotografía?
¿tu sonrisa de vencedor?
Tomas el café lentamente,
frío, agridulce,
sin ninguna prisa.
Buscas un terrón de azúcar y lo mezclas con el café
presionando el terrón de azúcar contra el fondo de la taza
disolviéndolo.
En esto te has convertido,
-un hombre que mide su vida con cucharaditas de café-
como aquel otro que conocía las noches, las tardes, las mañanas,
un hombre temeroso de su propia sombra
inseguro de sí mismo
excepto de su propia muerte,
insatisfecho inquieto,
sin querer permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar
y sin saber qué camino tomar,
ligero de equipaje
ignorando que es lo que quieres hacer
sin ningún objetivo inmediato
a no ser perderte en medio de la multitud.
Y no sabes cuándo comenzó todo esto
este no poseerse
este ser un extraño a sí mismo
un hombre que se mira en el espejo y olvida su rostro.

VIII

Cada día te vuelves más descuidado en el vestir:
tus zapatos,
el impermeable lleno de manchas,
el cuello de tu camisa, sucio, grasiento,
-la muchacha norteamericana ya para separarse
te mira incesantemente el cuello de la camisa
tratando de desviar la mirada-.
Te acuestas en la cama con tu cabeza reclinada,
con tu pie derecho tocando el suelo,
alisándote la corbata con la mano derecha
y recuerdas ciudades y gentes que has conocido
ciudades inmensas, enormes edificios de piedra
donde millones y millones de hombres escondían su miedo,
inmensos aeropuertos, interminables,
puertos abiertos al mar y a la muerte,
avenidas, palacios,
las pequeñas aldeas
los pequeños pueblos repartidos en todas las verdes montañas
los campesinos dándote pan y vino
invitándote a comer con ellos
y tu preguntándoles si podías ver la iglesia
una iglesia de la cual estaban muy orgullosos
orgullosos de ella y del Cristo de madera,
siglo doce, del altar mayor,
y el más anciano o la más anciana levantándose
yéndose a buscar la llave
dándote la llave de la antigua iglesia
para que pudieras ver de dentro
y tu paseándote entre las columnas
-tú mismo una columna-
y las estatuas de los santos, de la Virgen, de El,
románicas, góticas.
Gente que probablemente nunca más volverás a ver
que ya no te recuerdan y a la cual tú también olvidarás
pero quizá te guarden en la memoria
recuerden tu paso fugitivo
tu habla que te descubría como a un extranjero.
Puede ser que regreses algún día
pero ya no será ni la misma ciudad ni la misma gente
y ellos a su vez verán a otro y tu dirás:
– “Antes había aquí un árbol
con dos nombres y dos corazones grabados en el corazón del árbol;
antes había aquí un palacio, un museo, un café, un bar,
dónde todo eso
dónde la mujer que encontré una noche
en la avenida de los álamos
la mujer arrinconada bajo la lluvia llevándome a su cuarto
dejando yo sobre ella todo el peso de mi soledad
dónde la mujer y dónde los álamos.

IX

Como un hombre que toma una decisión importante
-de vida o muerte-
te levantas dispuesto a salir.
Comerás en el restaurante cercano de tu hotel
comerás rápidamente
como un hombre que tiene prisa en terminar un negocio
en deshacerse de un visitante inoportuno.
Y piensas cómo podrías comenzar una conversación
Con una desconocida:
– ¿Está sola? ¿Puedo invitarla a tomar algo? –
Pero para tí siempre todo será lo mismo:
levantarte
comer en un restaurante, apartado, solitario,
entrar
salir de las librerías
visitar un museo
ir al cine
regresar de noche
acostarte sin desvestirte
que es lo que haces cuando estás cansado,
mirar por la ventana y recordar a aquel otro encerrado en su celda
allá, de donde tú vienes,
desposeído él también de sí mismo
mirando siempre desde su ventana
-un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo
un trozo de noche es más negro que toda la noche-.
Entonces comenzarás a oír los ruidos del hotel
alguien que sube o baja alguien que cierra o abre una puerta
ruidos que no son los ruidos que oías en el patio de tu casa
-el canto de los grillos en el patio de tu casa-.
Miras alrededor de tu cuarto
que te parecerá mas vacío,
mas desolado cuando regresas de noche
no sin antes detenerte en el café de la esquina:
los jugadores de cartas
el hombre gordo con su pipa
la mujer sirviendo los vasos de cerveza y quitando la espuma
un café que conoces como la palma de tu mano, como tu cuarto.
Cierras la puerta y comienzas a bajar.
Toda la luz te recibe súbitamente.
Miras a los que pasan
-hombres que esconden su rostro detrás de los periódicos
mañana los esconderán bajo la tierra-
caminas
un hombre que marcha
sin saber de dónde viene ni para dónde va
porque el Espíritu del Señor sopla cuando quiere.

 

El retrato de un desconocido*

Por Erwin Silva
Revista Cultura de Paz
Año 22. # 70
Septiembre-diciembre 2016

“El retrato de un desconocido” del poeta Horacio Peña, es uno de los grandes poemas nicaragüenses de mayor hondura existencial, sin obviar la doliente veta nocturna de Rubén Darío, el dolor parado en seco de Joaquín Pasos en su Canto de Guerra de las Cosas, o el tormento de la inmersión en lo terrestre que se puede abrevar en el Canto Temporal de Pablo Antonio Cuadra.

Es además, el poema del extrañamiento como situación del hombre actual, es decir su enajenación, su no posesión. El mismo texto poético está escrito desde la perspectiva del tú y no del yo. Agregaría que es un intensísimo monólogo que revela la soledad, la incomunicación, el fallido amor y una lúcida conciencia de la muerte.
La muerte –tema inmanente de nuestra poesía- alcanza en este límpido texto, rigores aforísticos e impone verdades simples e inobjetables al lector implícito. “Retrato de un desconocido” consta de nueve partes y es el último título del libro Ars Moriendi y otros poemas, premiado en el centenario del nacimiento de Rubén Darío, en 1967.

Trazos del extraño:
El más oscuro de los trazos para retratar al desconocido, el extraño, es el de una falta de posesión de sí mismo. El extraño es inútil y nada competitivo. Es joven pero nunca halla el amor. Es solo y no habla casi con nadie. Es un personaje intelectual y un ser que mora en la posibilidad.
Así dice Peña de ese angustiado ser:

[…] porque tú eres siempre un extraño en todas
partes
Aún en medio de aquellos que te aman,
de modo que tú siempre serás el mismo
extraño a los demás y a ti mismo. (Parte I).
Tienes treinta años
-o faltan pocos meses-
y no has hecho nada
nada quedará de ti
todo lo has edificado sobre arena
todo lo has escrito sobre el viento. (Parte III) […]
Pero tú un extranjero en todas partes,
sin oficio ni beneficio. (Parte III)

Y luego la paráfrasis dariana que sirve para reforzar el lirismo existencial que sostiene el poema:

-el pesar de no ser lo que tú hubieras
sido
y devolverte el sueño que es tu vida
desde que naciste-

Versos que son de “Nocturno” de Cantos de Vida y Esperanza y que Peña utiliza para remarcar el dolor, el pesar y la vida como un sueño.

No,
no eres útil a nadie
nadie te necesita,
y tú mismo te has ido arrinconando
tú mismo te has ido haciendo innecesario.
Mas no vale la pena pensar en ello
dentro de las mismas cosas de siempre
seguirás encontrándote, buscándote, perdiéndote.
(Parte V).
En esto te has convertido,
-un hombre que mide su vida con
cucharaditas de café-
como aquel otro que conocía las noches, las
tardes, las mañanas,
un hombre temeroso de su propia sombra
inseguro de sí mismo.
excepto de su propia muerte,
(…)
Y no sabes cuándo comenzó todo esto
este no poseerse
este ser un extraño a sí mismo
un hombre que se mira en el espejo y olvida su rostro.
(P.VII).
Todo este tiempo perdido, toda tu vida,
-la pérdida del reino que estaba para ti-
(Parte VII).

De nuevo recurre al mismo “Nocturno” dariano para insistir en la nostalgia de un reino realmente perdido. El extraño es un solitario, un hombre desolado y como hemos dicho, desposeído de sí mismo; como condenado por una rutina de la existencia; confiado únicamente al Espíritu: Pero para ti siempre todo será lo mismo:

(…)
mirar por la ventana y recordar a aquel
otro encerrado en su celda
allá, de donde tu vienes,
desposeído él también de sí mismo
mirando siempre desde su ventana
-un trozo azul tiene mayor intensidad
que todo el cielo
un trozo de noches es más negro que
toda la noche-

Esta vez Horacio Peña esboza el encierro y la locura e introduce directamente un verso del poema Un detalle de Alfonso Cortés, nuestro entrañable poeta metafísico.

La muerte: la posibilidad imposible
En esto es donde el poema nos obliga a respuestas más hondas y a inquietudes más universales, porque es precisamente esa consciencia de la muerte y la muerte misma como un camino o un fin que se manifiesta en nosotros.
Cada hombre experimenta y debe se hace cargo del morir, la muerte es mía, en un sentido rilkeano, empero se ve la muerte de los otros. Después de todo como dice Heidegger: la muerte es la posibilidad de la absoluta imposibilidad del ser ahí2.
O sea, es nuestra posibilidad irrebasable e irreferente. Ningún hombre sobrepuja la muerte y estamos abiertos a ella.
En el texto la muerte aparece desde los primeros versos como algo que nace en nosotros; la sensación es esta:

Ahora te despiertas
y tu cuerpo te pesa
como si la muerte te estuviera naciendo
subiendo desde los pies a la cabeza
como si todos nosotros quisiéramos protegernos de
nuestra muerte
buscando refugio dentro de tu corazón.
(…)
Pero habrá que levantarse
comenzar a vivir para morir de nuevo.
(…) La certeza, le certidumbre de que la muerte asoma
en lo cotidiano.
O bien con la seguridad del creyente afirma:

pero también se nace después de cada muerte

El extraño está seguro de su muerte:
inseguro de sí mismo
excepto de su propia muerte,
o sea de lo peculiar que tiene la muerte,
nadie muere la muerte de otro.
También la muerte es el signo universal cuando escribe:
(…)
y recuerdas ciudades y gentes que has conocido
ciudades inmensas, enormes edificios de piedra
donde millones y millones de hombres escondían
su miedo,
inmensos aeropuertos, interminables
puertos abiertos al mar y a la muerte,
(…)
Él, igual experimenta o mira la muerte ajena:
Miras a los que pasan
-hombres que esconden
su rostro detrás de los
periódicos
mañana lo esconderán bajo
la tierra-
El desconocido ha amado nunca

Quizás no resulta peregrino referir la distinción que hace Octavio Paz, en cuanto al amor, el erotismo y la sexualidad para adentrarnos un poco en la interpretación de cómo aparece el amor en este magnífico texto poético.
Dice Paz en su libro La Llama doble que:
El más antiguo de los tres, el más amplio y básico, es el sexo. Es la fuente primordial. El erotismo y el amor son formas derivadas del instinto sexual: cristalizaciones, sublimaciones, perversiones y condensaciones que transforman a la sexualidad y la vuelven, muchas veces, incognoscible. Como en el caso de los círculos concéntricos, el sexo es el centro y el pivote de esta geometría pasional.3
Si el amor es como dicen los filósofos y los poetas de occidente, una atracción mutua –imanes y protones- en la que cada cual busca la mitad perdida, con nostalgia y delicia, este amor no se realiza en el poema de Horacio Peña. Más bien es un amor muerto, fallido o imposible y se relaciona con una sexualidad vacua y sin participación; como se supone es la pasión amorosa en nuestra era de angustia y radioactividad.
Las instantáneas de la soledad y el amor son como siguen:

(…)
y sólo has conocido el amor de unas pocas horas
el amor que se da en los míseros cuartos de los hoteles
-la mujer parecía no terminar nunca de desnudarse-
(…)
Irás a un museo y estarás ahí toda la tarde
-porque con Scarlet no hay que contar nunca más-
ni para ir al cine ni pasearte con ella,
ni acostarte con Scarlet,
Scarlet, muerta ya hace tiempo-
(…)
la mujer arrinconada bajo la lluvia llevándome a su cuarto
dejando yo sobre ella todo el peso de mi soledad
donde la mujer y donde los álamos.
(…)
-esa mujer alta en la noche nunca te ha amado nunca la has
Amado-.

Y esa palabra que no se dice, ese puente que nunca se tiende, la estrategia para una conversación que jamás empezó:

Y piensas cómo podrías comenzar una conversación
con una desconocida:
– ¿Está sola? ¿Puedo invitarla a tomar algo? –

Pero como ese hombre retratado es un solitario irredento, un hombre que marcha como en el poema dariano Lo Fatal: sin saber de dónde viene ni para dónde va, encuentra su salida y su respuesta en un verso bíblico: porque el Espíritu del Señor sopla cuando quiere.

*EL RETRATO DE UN DESCONOCIDO
Comentado por el poeta Erwin Silva
un homenaje al poeta nicaragüense
Horacio Peña, en sus ochenta años.

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