OMAR d’LEÓN MULTIFACÉTICO

Por Sofia Ramírez Suárez*
BA, en Historia del Arte

DE LO CLÁSICO A LO MODERNO

Al comer frutas, utilizamos un cuchillo para picarlas y poder degustar sus trozos. Reducimos el fruto, fragmentándolo hasta hacerlo desaparecer. El pintor impresionista Omar d’León, en cierto milagro metafísico, parece invertir este proceso. Mientras que el cuchillo normalmente asesta las frutas hasta triturarlas, en su obra es la herramienta que las construye.
Mediante la técnica del sombreado cruzado, d’León hace del cuchillo su pincel: rasga capas de pintura superpuestas, cruza líneas en múltiples direcciones y así hace surgir formas, texturas y volúmenes. En su arte, el proceso de elaboración es tan esencial como las imágenes que representa, pues la evidencia del método queda expuesta en un entretejido de incisiones visibles sobre el lienzo. Con su cuchillo, Omar d’León crea frutas hasta representar bodegones enteros.
El bodegón, género clásico de la pintura occidental, ha estado históricamente cargado de significados morales. En el Barroco europeo, bodegones con frutas como un limón abierto con su cáscara pelada representaban la idea del memento mori, recordatorios de la fugacidad de la vida y de la eternidad inevitable de la muerte. Frente a esta tradición, los bodegones de d’León proponen otra perspectiva en la que sus sandías, chirimoyas y otras frutas tropicales evocan una celebración de la vida.
El color como elemento artístico se intensifica hasta sus límites: reptilianos verdes, fogosos rojos y naranjas vibrantes indican la influencia del movimiento fauvista en su obra, en el cual el color no debía imitar la realidad externa sino servir como comunicador de los paisajes emocionales floreciendo dentro de la mente del artista. Igualmente, d’León representa frutas tropicales que son deleitadas por su propio pueblo en lugar de ser encerradas en una caja y llevadas a distantes mundos. Al representar estas frutas en un esplendor cromático, d’León celebra la vida presente en estos productos de la naturaleza de su tierra, ya sea que dicha vida dure unos días sobre una mesa de la cocina o quinientos años preservada en un cuadro.
Este juego entre lo eterno y lo efímero también se encuentra presente en su obra «El poeta sublime llora flores». La pintura representa el rostro azul de un joven poeta que da título a la obra, del cual en lugar de lágrimas brotan pequeñas flores amarillas y rosadas. Las flores, bellas en sí mismas y condenadas a marchitarse, se convierten en emblemas adecuados para simbolizar el arte moderno. La flor se considera valiosa por sus meras cualidades sensoriales que la hacen bella, como su perfume y tonalidades varias. De igual manera, artistas modernos como d’León se guiaron por el principio de “l’art pour l’art”, según el cual el arte podía existir sin mayor función pragmática que la apreciación de sus atributos estéticos como la forma y el color.
Como planteaba Charles Baudelaire en “El pintor de la vida moderna”, lo bello del arte en la vida moderna se encuentra en su habilidad de capturar un instante del presente, que es consciente de sus coordenadas históricas y que se vuelve eterno cuando el artista le brinda un trozo de su alma al plasmarlo según su interpretación. Como la flor, el arte en el mundo moderno se disfruta como un ser vivo, que es transitorio pero memorado por los que tuvieron la dicha de haberlo presenciado. El poeta produce flores, es decir, formas de belleza efímera que, sin embargo, disecamos entre las páginas de un libro para que así perduren. En la obra de d’León, la pintura se nutre de la poesía, conversando una con la otra. Resuena especialmente la poesía modernista iniciada por su compatriota Rubén Darío, que entremezcla diferentes personajes mitológicos e históricos y símbolos expresivos como el cisne.
Visualmente, los personajes de d’León con pieles de colores imposibles como azul o verde y la repetición de las aves en muchas de las pinturas recuerdan a la atmósfera de ensueño de los poemas de Darío, donde predomina la apelación a los sentidos y donde los animales adquieren un poder místico al volverse los seres sagrados del artista. La obra de d’León, con la marca de Dario, nos permite ver cómo la literatura como el modernismo latinoamericano sirvió de sustento para el arte moderno.
Y es que Omar D’León fue un notable representante del arte moderno en Nicaragua. Su maestro Rodrigo Peñalba se nutrió de distintos movimientos vanguardistas en Europa como el impresionismo, simbolismo, fauvismo y cubismo, y los transformó al sumarles un indiscutible espíritu latinoamericano. Mientras que pintores europeos como Paul Gauguin idealizaban territorios ajenos desde fuera con una mirada exotizante, d’León elaboró imágenes desde la experiencia de su propio entorno, entrelazando el pasado, el presente, lo cotidiano y lo mítico de Nicaragua. d’León pintó campesinas llevando frutas sobre su cabeza, descansando en hamacas, al igual que pescadores y sus barcos. Otras veces representó vírgenes desnudas sobre la cresta de la luna, en un sincretismo entre el cristianismo colonial y las diosas precolombinas de la fertilidad. Incluso en su técnica, su pintura sugiere esta diversidad de orígenes, pues el sombreado evoca el tejido del arte indígena. Las equis visibles en los rostros y cuerpos pintados por d’León recuerdan a los patrones textiles, haciendo converger los distintos idiomas artísticos presentes en su cultura en una forma completamente innovadora.

*Sofia Ramírez Suárez,
(BA. Art History) es una talentosa joven venezolana que la gran diáspora de estas décadas trajo a Estados Unidos.
Es recién graduada de Historia del Arte de la Florida International University, FIU. de Miami.