LA MADRE FUGITIVA

Por: Gina Sacasa-Ross 
Oyó el rumor de los pasos y se agazapó detrás del cerco de piñuelas. La patrulla se detuvo y uno de ellos comentó:
—Esta es la casa de la Juana Betanco, donde la mujer vivió antes de irse a Managua. Entremos a ver.
En cuclillas, ella permaneció inmóvil, aguantando el dolor agudo en el vientre que de pronto, quizás por la posición o el miedo, se hacía más fuerte y le subía hasta el pecho, oprimiéndole la garganta. Había vuelto a su pueblo de donde tal vez no debió haber salido nunca. Si se hubiera quedado en la casa de los parientes con quienes se había criado, aunque fuera levantándose a las cuatro de la mañana para acarrear agua, nesquisar maíz y moler tortillas, como la habían obligado a trabajar, a lo mejor no tendría que andar huyendo como ahora. Pero jovencita como era, sintió la curiosidad de conocer la capital y se puso contenta cuando entró de sirvienta a aquella casa. Tenía una habitacioncita para ella sola y le permitían dormir hasta las seis de la mañana.
La primera vez que el patrón la manoseo se estuvo acordando de su tía Juana. “En Managua te puede llevar el diablo, dicen que allí se mantiene suelto. ¿No ves que por eso fue que pasó lo del terremoto?”, la había advertido.
Al comienzo, a ella eso no le pareció cierto. Las dos veces que el patrón la llevó al cine habían visto historias requete bonitas. Las mujeres en esas películas usaban vestidos súper escotados y además no tenían reparo en dejarse besuquear por todos lados y hasta acostarse con varios hombres, pero al final todo les salía bien.
—Así suceden las cosas en el gran mundo, así es como se triunfa
—le había comentado él.
Para qué… Al principio él parecía buenísima persona. Así se lo hizo saber ella la noche que la llevó a comer a aquel lugar llamado El Chanchito.
—¿Sabés, patrón? Doy gracias a Dios por haber entrado a servir a tu casa. Sos tan amable, tan bueno. ¿Por qué te tomas estas molestias conmigo?
—Porque sos una chavala muy guapa y yo siento que te quiero mucho.
El día que él le colgó al cuello una cadenita de oro con una medallita de la virgen, ella ya no tuvo cómo negarse. Y fueron felices hasta que la barriga le empezó a engordar.
—¿Vos estás embarazada, muchacha? ¡Cómo no me lo dijiste antes! ¡Así no te puedo tener! Ni quiera Dios. No tengo hijos ¿y voy a estar aguantando cipotes ajenos? ¿Qué te has creído? ¡Te me vas, te me vas ya de mi casa!
De alguna manera esperó que él le ayudara, lo buscó muchas veces. ¿Cuántas? Cinco, seis, diez…
—Entendeme, Bertita, yo no puedo hacer nada, menos dejar que alguien nos vea juntos ahora que mi mujer sabe que vos estás preñada. Dios me libre, me acaba. Lo mejor es que desaparezcás del mapa, que te olvidés de mí…
El dolor volvió, le apretó el vientre, acalambrándole las piernas. Lo que le convenía era huir, pero adentro de la cabeza se le había instalado el llanto del recién nacido, martillándole las sienes. Se arrastró pegando la oreja a las tablas de la casita de la Juana.
—Al niño lo hallaron aquí cerca. La desalmada lo botó en la quebradita esa, la que queda antes de entrar al pueblo. No tuvo compasión de dejar un recién nacido tirado como un perro. Viera cómo lo encontraron, todo comido de hormigas. Por eso la andamos buscando para encerrarla. Mujeres como ésa no pueden quedar libres, hay que castigarlas…
Tenía que irse, huir. Ella decidió abandonar a su hijo para que muriera. Era mala, mala, y la andaban buscando para meterla presa. ¿Qué le pasaba que no huía? Sabía que podía escapar entre los montes, ella conocía bien todos esos atajos y parajes. La guardia no la seguiría por esos rumbos. El cuerpo, sin embargo, no se le movió sino para acercarse más a las paredes de la vivienda. Necesitaba escuchar mejor, quería saber más de la suerte de su hijo.
Pobrecito, había muerto comido por las hormigas. Cuánto habría sufrido… tan chiquitito. Ojalá se haya desmayado desde el primer momento en que quedó tirado. Diosito, que no haya sufrido mucho, que las hormigas le hayan matado con las primeras picaduras.
—Señor, cómo no lo pensé antes. Mejor hubiera sido tirarme junto con mi hijito en la parte más profunda del río para morir con él. Apenas lo conoció, lo odió. Lo odió por rubio, por parecerse a su padre, por tan blanco, por ser tan como los ricos. Sin embargo, también lo amaba, empezó a llorar; era suyo y ya no lo tenía. Había muerto comido por los insectos.
—¿A qué hora lo hallaron? —preguntó la Juana.
—Hace unas dos horas. Ese carajito se defendió duro. A pesar de que la cabecita era una sola llaga, él seguía vivo.
Dio un alarido y se levantó como un resorte. Al verla, los guardias se abalanzaron sobre ella, sujetándola por las muñecas.
—Te lo dije, ésta andaba cerca. ¡So, bestia! Ni intentés correr que te tengo bien agarrada.
Con el pelo enmarañado, la cara sucia, los ojos desorbitados y en las piernas hilos de sangre, la Berta gritaba entre llantos.
—Asegurame que está vivo, llevame donde mi hijo, quiero ver que esté bien, aunque después me metás presa y me ahorquen, pero quiero verlo vivo… ¡Por favor!
Comarca Las Flores,
Masaya, Nicaragua 1971
 

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